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Rumbo al último refugio de los Kawésqar

Nuestra base de operaciones será la pequeña localidad de Puerto Edén, ubicada al interior del Parque Nacional Bernardo O´Higgins, el más extenso de Chile y el último refugio de la etnia fueguina de los alacalufes o kawésqar, en la isla Wellington. Durante una semana recorreremos los canales patagónicos que unen Puerto Natales con Puerto Montt. Nuestra principal misión será visitar el indómito glaciar Pío XI, el más grande de Sudamérica, ubicado en el Campo de Hielo Sur y lograr establecer nuevas rutas turísticas que contribuyan a difundir la majestuosidad de nuestra patagonia chilena. Sin embargo, las aventuras de nuestra expedición tendrán su inicio en Puerto Natales, al embarcarnos en el ferry Magallanes rumbo al mágico refugio de los primeros habitantes de los canales australes.

Las avenidas de Puerto Natales tienen poco que envidiarle a los centros de montañas de otras latitudes; los extranjeros, principalmente europeos y norteamericanos, repletan los hostales, hosterías y agencias de turismo de aventuras. Al igual que nosotros, muchos esperan el zarpe del ferry Magallanes de la empresa naviera Navimag Ferries desde el muelle de la ciudad. Durante tres días el barco recorrerá los canales patagónicos rumbo a Puerto Montt, con una breve recalada en la bahía de Puerto Edén donde nuestra expedición desembarcará para permanecer durante una semana en la zona del Parque Nacional Bernardo O´Higgins, recorriendo diversos canales, glaciares, fiordos y bosques.

A las cinco de la mañana, el Magallanes zarpa desde Puerto Natales navegando por el seno de Última Esperanza. Se anuncia a los pasajeros que aquellos que deseen observar la navegación por la zona más estrecha de la ruta, el paso White, deben presentarse en cubierta a las siete y media de la mañana. Ahí estábamos todos los integrantes de la expedición, Jorge Guevara y Daniel Zamudio de la empresa de turismo de intereses especiales Cumbre Andina, responsables de la logística y organización de nuestra aventura, Guy Wenborne, fotógrafo profesional, y este entusiasmado periodista. Con no más de 80 metros de ancho el White es un paso traicionero que requiere de toda la pericia y experiencia de la tripulación del barco para evitar un accidente. En nuestro caso, el capitán Marcelo Sánchez Alcázar tiene la situación dominada ya que lleva tres meses seguidos atravesándolo dos veces por semana sin contratiempos; se debe considerar que el Magallanes es una embarcación de 127 metros de largo.

Los pasajeros del barco tienen varias alternativas de actividades a bordo, a cargo de las guías que se encargan de hacer que el viaje sea placentero y relajado. Generalmente, el turista viaja sobre las cubiertas admirando el mágico paisaje patagónico pero a las primeras gotas de lluvia prefiere contemplar esa belleza escénica desde el interior ya que el fuerte viento magallánico acompañado de la lluvia no es muy amigable.

Aunque el Magallanes es una embarcación principalmente de carga fue reacondicionado para el transporte de pasajeros. Cuenta con cabinas con baño privado, otras con baño exterior y un sector masivo de literas donde se alojan principalmente mochileros nacionales y extranjeros.

Un dato que nos sorprende es aquel que nos narra el capitán Sánchez respecto a la suspensión de la música ambiental en todas la dependencias de la nave, principalmente porque los pasajeros reclamaban que perturbaba el silencio de la naturaleza y contaminaba ruidosamente el paisaje. Toda la razón.

La magia del glaciar brujo

El fuerte oleaje azota con rudeza al Magallanes mientras el viento castiga sin contemplación a quienes lo desafiamos en la primera cubierta. Se nos avisa por altoparlantes que el buque ya se encuentra navegando por el estero Asia rumbo al glaciar Brujo, por lo que los pasajeros deben estar atentos con sus cámaras fotográficas. El caso nuestro es distinto; tenemos la autorización del capitán Sánchez para desembarcar en un pequeño bote zodiac para acercarnos al glaciar y lograr fotografiarlo desde su base. Los turistas nos miran desconcertados preguntándose quiénes son ese par de afortunados que pueden acercarse al glaciar; ¿acaso son familiares del capitán?, ¿han pagado un sobre precio?, no logran entender tal privilegio.--

Lentamente el zodiac es bajado, con nosotros a bordo, para dirigirse a toda velocidad hasta la base del glaciar Brujo. Logramos desembarcar en una pequeña isla a pocos metros de la enorme muralla de hielo azulino. A pesar de una lluvia torrencial sentimos el silencio de la naturaleza, interrumpido sólo por el estruendoso desprendimiento de enormes bloques de hielo que caen al mar. Es un espectáculo indescriptible, sublime, que nos demuestra lo diminuto que es el ser humano frente a la grandeza de la naturaleza.

Por radio nos avisan que debemos embarcar rápidamente porque las condiciones climáticas empeoran y las maniobras de escape desde el canal Asia pueden complicarse.

Desde ese instante mucha gente nos reconoce como “los afortunados”; sin embargo, otros nos llaman de otro modo irreproducible.

Llegada al mismo Edén

Luego de algunas horas de navegación por el canal Concepción, ruta paralela al Campo de Hielo Sur, entramos al canal Grapper. Es de madrugada y las ráfagas de viento nos avisan que estamos en el canal Paso del Indio, lugar donde se encuentra el pequeño poblado de Puerto Edén, nuestra base de operaciones.

Es temprano y el sol no tiene intención de aparecer, el viento siempre está con nosotros y la lluvia de vez en cuando nos alerta de su presencia. El barco realiza las maniobras de anclaje para permitir que los pasajeros puedan visitar durante una hora Puerto Edén, comprar artesanía kawésqar y compartir algunos minutos con la comunidad. Nuestra expedición permanecerá allí durante una semana explorando los canales patagónicos, teniendo como objetivo central permanecer dos días en las cercanías del glaciar Pío XI (conocido también como Brüggen o Ana María). Este glaciar, junto al Trinidad, son los únicos que a diferencia del resto, avanzan en vez de retroceder.

La pesada rampa del Magallanes se abre lentamente mientras las pequeñas embarcaciones de los habitantes de Edén se agolpan para transportar a los turistas a la isla. Entre tanta lancha diviso una que tiene un gran letrero sobre su cabina; es el “Poderoso” de propiedad de Hugo Zuñiga, pescador y personaje de Puerto Edén que nos espera para trasladarnos a la Hostería Yekchal, lugar que será nuestro hogar durante los próximos siete días.

Don Hugo, como lo llamaremos en adelante, es un hombre de mar que será protagonista importante en nuestra aventura; navegaremos en su embarcación por los canales, fiordos y esteros hasta el Glaciar Pío XI y alrededores. Como antiguo habitante de Edén conoce la zona a la perfección y sabe lo traicionero que es el clima en esta región. “Es cierto que el sol aparece, pero en segundos se esconde y nunca hay que confiarse porque así como se pone bueno, se pone malo”; esta frase de presentación de don Hugo la recordaremos con insistencia durante nuestra exploración.

Desde el enorme ferry, Puerto Edén se ve como un conjunto de pequeñas casitas de vivos colores agrupadas en la bahía sobre la isla de Wellington. Al desembarcar puedo constatar que los 250 habitantes que viven en Puerto Edén se comunican a través de una pasarela peatonal de madera de ciprés de las Guaitecas. Gracias a este corredor que no tiene más de 15 años, la vida de los edeninos se ha facilitado enormemente ya que antes sólo existían senderos pantanosos y resbaladizos.

En nuestro nuevo hogar, “la Yekchal”, nos aguardan dos kayakistas de mar.Ellos se unirán a la expedición con el objetivo de acompañarnos en nuestra travesía y comprobar en terreno, o más bien en el agua, la posibilidad de unir por medio de los kayak de mar Puerto Edén con el glaciar Pio XI y rutas adyacentes. Incluso, la idea es promocionar la ruta –en dichas embarcaciones- a través de los canales que unen caleta Tortel, ubicada en la desembocadura del río más caudaloso de Chile, el Baker, con Puerto Edén.

La última kawésqar

Puerto Edén está habitado por 250 habitantes; sin embargo la comunidad kawésqar existente asciende a 15 personas, de los cuales sólo 7 son de etnia pura. Confieso, eso sí, que mis ojos se centraron desde un comienzo en la historia y vida de Gabriela Paterito Caak, doña Lela, la última kawésqar.

Mi primer encuentro con doña Lela fue frío y distante, me examinó con una sola mirada y entendí que no era bienvenido en sus territorios. Es pequeñita y su edad es indescifrable, pero al verla cortar leña con fiereza comprendo la fuerza y coraje que desarrolló el pueblo fueguino de los kawésqar para soportar el indómito territorio patagónico.

En una segunda oportunidad la vuelvo a abordar y dejo que ella haga las preguntas; ahí tengo mejor suerte y me acepta en su casa. Mi máximo anhelo es escucharla hablar en dialecto kawésqar, lengua gutural prácticamente extinguida y que de seguro morirá cuando ellos hayan partido.

En el interior de las casas, donadas por el gobierno a esas pocas familias indígenas, está María Isabel Tonko, hija de doña Lela y también su nieta, Maria José. Es difícil describir ese momento pero tenemos en frente a 3 generaciones de Kawésqar y dona Lela se rehúsa a que sus raíces se pierdan, por lo que le está enseñando a su hija la lengua alacalufe.

Desde la pasarela don Hugo nos advierte que al día siguiente zarparemos al glaciar Pío XI por lo que debemos preparar nuestro equipaje. Las condiciones del tiempo parecen ser buenas y debemos aprovecharlas.

Continúo con doña Lela mientras me tomo un mate amargo preparado por su hija. Ella, mientras conversamos, realiza con sus manos una canoa de mañío y ñapu (junquillo) que prometí comprarle.”Se la voy a hacer más grande”, me dijo; “pero le va a costar más pues”, ríe.

Siento que ya somos amigos; sus diminutos ojos desaparecen cada vez que sonríe. Ha vivido toda su vida en este lugar aunque su pueblo se caracterizó por ser nómade. “Mi familia vivía al frente en esa lomita que se ve ahí”, explica. “Vivíamos en una AT (ruca) de varas de mañío y ciprés cubierta con piel de lobo marino y siempre estaba encendido el fogón”.

Frente a mi insistencia por preguntarle si los kawésqar buceaban desnudos, ella no lo recuerda y prefiere relatarme que sus padres vestían pieles de foca y lobo, su madre recolectaba almejas y cholgas, mientras que su padre se dedicaba a la caza del yekchal (huemul), lobos marinos y pájaros; y los niños eran los encargados de ir a buscar el agua.

Guy no deja de disparar su máquina fotográfica y pide a doña Lela que se instale con su hija y su nieta para la foto familiar. Es un momento histórico, y en ese instante le pido que me hable en lengua kawésqar. ¿Y qué quiere que le diga?, pregunta. “Bueno, ¿qué le gustaría pedir como deseo?”, pregunto. Lanza una frase breve que es indescifrable, pero emociona escucharla hablar.

Me ha dicho en kawésqar que no tiene televisor y que le gustaría tener uno para ver las noticias.”Bueno caballero, usted me pidió que le pidiera algo en kawésqar y yo se lo pedí pues, ahora tiene que cumplir no más”, vuelve a reir.

Nos despedimos de doña Gabriela y su familia con el compromiso de volver a verla luego de terminada nuestra exploración; esta vez la llevaremos a recolectar ñapu para sus canastillos.

Zarpe rumbo al glaciar Pío XI

Don Hugo Zúñiga es un experimentado pescador y navegante de Puerto Edén, pero la mañana de nuestro zarpe estaba nervioso y caminaba impaciente de un lado a otro de la pasarela. Llovía y el mar estaba inquieto; eso lo tenía preocupado. Nosotros esperábamos en el interior de la hostería Yekchal las órdenes de don Hugo para zarpar.

La lancha “La Moraleda” estaba lista con todo el equipaje a bordo y con el zodiac amarrado en la popa. Este lo utilizaríamos para la aproximación al glaciar y lograr así ganar tiempo frente a las malas condiciones climáticas.

La lluvia se detiene un instante y don Hugo da el vamos a toda la expedición; es hora de zarpar.

“La Moraleda” será nuestro hogar durante los próximos tres días de exploración. Jorge y Daniel, de Cumbre Andina, tienen como misión recorrer y reconocer las rutas a explorar para desarrollar nuevos programas orientados a las actividades de trekking y turismo medioambiental. Por su parte, Andrés Cox y Pablo Buttazzoni, de la empresa Dos Patagonias, recorrerán algunos canales y el glaciar Pío XI en kayak de mar, con el fin de promocionar nuevas rutas patagónicas.

Dejamos atrás el canal Paso del Indio para internarnos por el canal Grapper. En adelante, navegaremos sin compañía de buques mercantes, barcos de turismo y yates oceánicos, debido a que nos desviamos por el canal Grapper hasta el fiordo Eyre y desde allí nos dirigiremos hasta bahía Elizabeth donde instalaremos nuestro campamento base.

La nubes grises deciden abandonarnos por unos momentos dando paso a un sol tenue que se mantendrá por el resto del día. El viento aumenta velozmente, por lo que don Hugo nos recomienda tomar el zodiac y cruzar desde el fiordo Eyre hasta el estero Falcón para alcanzar el glaciar del mismo nombre.

Nuestro fotógrafo, Guy Wenborne, está a cargo de la navegación en el zodiac. Equipado con un motor de cincuenta caballos nos alejamos a una velocidad de 25 nudos por hora dejando atrás a La Moraleda. El paisaje es sobrecogedor; aquí el tiempo se olvidó de avanzar mientras que el único protagonista que insiste en pedirnos que nos alejemos es el fuerte viento que azota el casco de la frágil embarcación de goma. Las toninas nos flanquean por ambos lados y nos alientan a continuar; son verdaderos bailarines que se asombran con nuestra presencia y nos muestran la ruta.

Pero el estero Falcón esta intratable, furioso y dispuesto a mostrarnos su cara menos amigable. Decidimos fondear en una pequeña bahía y esperar hasta la llegada de La Moraleda de don Hugo.

Debido a las malas condiciones climáticas debemos navegar agazapados muy cerca de la orilla, de manera que en caso de un volcamiento logremos llegar a tierra. Los primeros témpanos se cruzan en nuestra ruta y muy lejos se ve la muralla de hielo del glaciar Pío XI. El clima vuelve a variar y el sol repleta de luz el paisaje, el manto de hielo se ilumina demencialmente; estamos a unos pocos kilómetros de distancia y cercanos a bahía Elizabeth.

De cara al Pío XI

Simplemente, no hay nada más radical que estar en una mínima embarcación de madera a unos cientos de metros de distancia de una muralla de hielo de 80 metros de altura y 6 kilómetros de largo, es cierto que allí el silencio es belleza, pero también es verdad que el estruendo de los bloques de hielo que caen al mar estremecen los sentidos. Ese es el glaciar Pío XI; lo más salvaje e inhóspito de la Patagonia chilena. Su vertiginoso avance ha sido despiadado con los milenarios bosques de coigües que han sido aplastados por sus tentáculos de hielo. Porque, como se indicó, a diferencia de la mayoría de los glaciares el Pío XI avanza en vez de retroceder.

La aproximación hasta el monte de hielo ha sido en extremo dificultosa y lenta debido a que los trozos de témpanos se hacen más numerosos a medida que nos acercamos al glaciar.

Pablo y Andrés, deciden continuar en sus kayaks de mar porque son más rápidos y ágiles frente a los icebergs que insisten en cerrarnos el paso. Rápidamente se alejan y peligrosamente se acercan a las catedrales de hielo. La historia de los primeros habitantes de los canales la revivimos con estas frágiles embarcaciones a remo. Precisamente, los fueguinos navegaron por fiordos, canales y esteros en sus canoas de madera en busca de mariscos y animales para recolectar y cazar, luchando con un devastador clima y con una topografía abrupta y salvaje.

Desembarcamos en una pequeña playa adyacente al glaciar para realizar un pequeño trekking que conduce a un mirador. Desde éste se observa en su real magnitud el tamaño de la masa de hielo y como su avance ha devorado los bosques nativos de las orillas originando un increíble cementerio de árboles.

Desde lo alto del cerro el paisaje atemoriza; las lenguas de hielos provenientes desde los Campos de Hielo Sur que dan origen al glaciar Pío XI no cesan de avanzar. Estudios recientes de glaciólogos chilenos (1996) han demostrado que la tasa de avance es aproximadamente 1 metro diario.

Pero nuevamente la lluvia y el viento nos obligan a abandonar el lugar argumentando tal vez que hemos permanecido allí suficiente tiempo y que nos retiremos rumbo a Puerto Edén. Don Hugo entiende inmediatamente el mensaje de la naturaleza, por lo que a bordo de La Moraleda emprendemos el regreso con un viento en contra de varios nudos y marejadas a menudo incontrolables.

La navegación por seno Eyre es lenta y tormentosa; hay espacio para todos dentro de la cabina. Sin embargo, la majestuosidad y belleza del Pío XI es tal que preferimos permanecer en cubierta bajo una lluvia torrencial con el glaciar de fondo como un escenario natural que aún es conocido por pocos.

Tras largas diez horas de navegación, el pequeño lanchón nos devuelve sanos e ilesos a Puerto Edén. Estamos agotados, mojados y hambrientos. Pero la exploración fue un éxito, logramos conocer y recorrer el glaciar Pío XI. Nos acompañó el clima, las toninas, los cormoranes y la magia y espíritu indeleble de los primeros habitantes de los canales del sur. Indómita Patagonia.

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